Parece inevitable. Una vez se han dado todas las peleas y se han pasado algunos retos, inevitablemente suele uno caer en el vacío. Es como resbalarse en el cuerno irresponsable del rezago; me supongo una cornucopia de la pereza, como un lustroso cono de reveses que indefectiblemente se adelgaza hasta volverse un embudo.
Y de allí, nada gotea.
La molicie se ha atorado en la figura. Muchos años atrás había oído hablar de esta molesta situación y al menos otra más sonaba horrible y aconsejaban los viejos evitar a toda costa recaer en estos territorios de lo insulso pero también de lo insospechado.
Era un temor que para muchos se hizo realidad y para otros era una remota pero latente encrucijada: permanecer impertérrito en las lides del arte, como diletante o en plena actividad creativa, como asiduo de los antros de la cultura o en los míseros recodos de la farragosa tertulia criolla, en la ruta del desvarío o en el país de cucaña, en la isla de otraparte o en el retiro místico de alcoholes.
Recuerdo bien las conversaciones con aquellos místicos de los años noventa que se conservaron largo tiempo en la utopía. Poetas de vieja data, inéditos o resentidos (que son lo mismo), artistas plásticos invisibles y anacoretas del tedio que se resistían.
Algunos finalmente cedieron y tuvieron hijos. Unos consiguieron trabajo y ganaron miles. Otros montaron una editorial y se dedicaron a explotar a los semejantes y estos mismos engordaron hasta reventar y encanecieron como en el poema de Cavafis.
De algún modo yo mismo incurrí en estas lindes. Me confundí en el follaje del inescrutable destino; me salve de la terrible enfermedad de Gota. Nadie me verá por El Nogal con la calva despeinada ‘a media caña’ con un tarro de cerveza, desaliñado, siendo las 8:00 a.m. de un martes. Tampoco voy a reventar como un becerro (le dedico las mañanas que puedo a la bicicleta o al muro – no precisamente de las lamentaciones -) pero como sea y aunque suene vergonzoso, me he convertido en lo que antes había tanto criticado y temido.
Soy un escritor de vacaciones.
martes
lunes
miércoles
ME QUITO UNA ROCA DEL ZAPATO (Segunda Entrega)
La Casa de Poesía Silva: un lugar mágico en los primeros años de los noventa y los últimos de los ochenta, en donde resoplaba el tufo de la vieja poesía del parnaso y acaso los nuevos estornudos de la poesía que brotaba a borbotones desde una fuente insospechada. Asistí a su inauguración, y desde entonces fui tan asiduo que se convirtió en un lugar de concentración absoluto en temas literarios. Era una casa en la que siempre llovía (...una música, una música, una música de alas y de pífanos o un atragantado piano en mitad de una tormenta) y se decía que aún allí permanecían las sombras de José Asunción Silva y sus deudas que lo llevaron a la muerte.
Allí conocí a la mayoría de poetas que fueron mis amigos y que ostentan - gratuitamente - el innecesario título de ser hoy día mis no-amigos, ahora que ha pasado tanto tiempo y que ya ninguno en realidad guarda rencor contra nada, aún contra errores y torpezas de ese lugar en el tiempo cuando jugábamos a ser famosos dentro de un peligroso círculo que nadie sabía, era inútil saberlo, estaba predestinado, era notablemente excluyente y sus butacas estaban reservadas con antelación para 'delfines' y otras especies de esta misma 'fauna literaria'.
Pero el contacto mío con esa realidad era resuelto y por demás muy ingenuo. Pensaba que alguna vez algún objeto personal mío habría de parar en un mostrador que siempre quisimos romper con mis amigos mas cercanos: el poeta y artista plástico Willmer Echeverry y el inusual autor que prometía bastante y que terminó como docente de Sociales, Luis Fernando Bustos.
Una vitrina de curiosidades mantenía la licencia de conducción de uno, la boina de otro, el bastón y la pitillera de alguno más. Pero era maravilloso. Desde entonces he procurado mantener mis antiparras en buen estado para que aparezcan al lado de esos adminículos sagrados. Pero hace rato me di cuenta que ello era en vano.
Durante las sesiones de los talleres de lectura a los que adherí convencido profundamente de tener algún talento, conocí a a un grupo de desaliñados que se narraban locos y peligrosos haciendo eco de nuestro tutor por ese entonces, el célebre Jotamario Arbeláez a quien buscó por esos días el M-19 para lograr acercamientos con el gobierno. ¡Magna sorpresa y hórrido susto! Nos fuimos a nuestro cuartel de invierno sabatino, entresorprendidos y conmovidos, luego de ver el sospechoso movimiento, sin tener mucha claridad de que se había tratado el inoportuno abordaje.
El abordaje fue inoportuno porque ya no tendríamos quien pagara la cuenta en el cuartel vecino: una tiendita recóndita que se hallaba cruzando un largo pasaje que más parecía un túnel (y de allí el apodo que pusimos a ese 'Zaguán de Santafé') y que atendía su propietario, el muy afable Benito.
La tienda hoy aún existe aunque cada vez abre sus puertas menos. La casa decimonona sigue en pie, pero hace casi diez años no la frecuento (viví allí - casi de planta- durante la década pasada) y al poeta Jotamario los dividendos millonarios de su trabajo en la agencia de publicidad "Sancho" le permitieron la excentricidad de volver a tener cabello falso en una calva trascendente...mientras yo perdí mi cabellera que 'engrasaba' sin antepasados galos, a la manera de Rimbaud.
Allí conocí a la mayoría de poetas que fueron mis amigos y que ostentan - gratuitamente - el innecesario título de ser hoy día mis no-amigos, ahora que ha pasado tanto tiempo y que ya ninguno en realidad guarda rencor contra nada, aún contra errores y torpezas de ese lugar en el tiempo cuando jugábamos a ser famosos dentro de un peligroso círculo que nadie sabía, era inútil saberlo, estaba predestinado, era notablemente excluyente y sus butacas estaban reservadas con antelación para 'delfines' y otras especies de esta misma 'fauna literaria'.
Pero el contacto mío con esa realidad era resuelto y por demás muy ingenuo. Pensaba que alguna vez algún objeto personal mío habría de parar en un mostrador que siempre quisimos romper con mis amigos mas cercanos: el poeta y artista plástico Willmer Echeverry y el inusual autor que prometía bastante y que terminó como docente de Sociales, Luis Fernando Bustos.
Una vitrina de curiosidades mantenía la licencia de conducción de uno, la boina de otro, el bastón y la pitillera de alguno más. Pero era maravilloso. Desde entonces he procurado mantener mis antiparras en buen estado para que aparezcan al lado de esos adminículos sagrados. Pero hace rato me di cuenta que ello era en vano.
Durante las sesiones de los talleres de lectura a los que adherí convencido profundamente de tener algún talento, conocí a a un grupo de desaliñados que se narraban locos y peligrosos haciendo eco de nuestro tutor por ese entonces, el célebre Jotamario Arbeláez a quien buscó por esos días el M-19 para lograr acercamientos con el gobierno. ¡Magna sorpresa y hórrido susto! Nos fuimos a nuestro cuartel de invierno sabatino, entresorprendidos y conmovidos, luego de ver el sospechoso movimiento, sin tener mucha claridad de que se había tratado el inoportuno abordaje.
El abordaje fue inoportuno porque ya no tendríamos quien pagara la cuenta en el cuartel vecino: una tiendita recóndita que se hallaba cruzando un largo pasaje que más parecía un túnel (y de allí el apodo que pusimos a ese 'Zaguán de Santafé') y que atendía su propietario, el muy afable Benito.
La tienda hoy aún existe aunque cada vez abre sus puertas menos. La casa decimonona sigue en pie, pero hace casi diez años no la frecuento (viví allí - casi de planta- durante la década pasada) y al poeta Jotamario los dividendos millonarios de su trabajo en la agencia de publicidad "Sancho" le permitieron la excentricidad de volver a tener cabello falso en una calva trascendente...mientras yo perdí mi cabellera que 'engrasaba' sin antepasados galos, a la manera de Rimbaud.
domingo
ME QUITO UNA ROCA DEL ZAPATO (primera entrega)

una especie de manual breve de cómo hacerse o no poeta. tono autobiográfico. agridulce reminiscencia. autoindulgencia y perdón a quien tanto daño hizo. quitar la roca del zapato.
Por Rafael Serrano
Le conocí sonriente. Yo también sonreía nervioso; su regordeta figura se reflejaba en el agua de la pileta de los deseos, al fondo de la casona donde murió José Asunción Silva, un poeta colombiano salvado de morir en un naufragio.
Hace poco tiempo me di cuenta que yo mismo casi alcancé ya la edad que tenía él en ése entonces. Me parecía un viejo. Era un enorme y gordo viejo a quien un fajo de palabras le envolvía, cuando no las volutas del puro cubano que a veces sostenía como un bolillo entre sus dedos. Pero estábamos radiantes. Él sonreía igual que un profesor cuando recibe a sus párvulos y yo venía sonrojado, de rubor de poeta imberbe adolescente, de un poco de emoción y de subir la empinada calle 14 del barrio La Candelaria desde la carrera décima dónde me bajaba del bus.
Al lado estaban los otros profesores: Harold Alvarado Tenorio, un monstruo ambiguo de pareja barriga que nacía en la papada y el enjuto Nicolás Suescún, una radiografía de lo que hace el cigarrillo en edades avanzadas. De cualquier modo yo mismo me daría a la aventura de fumar poco despúes en pipa o en los cigarros de la Flor Zuliana que hacía mi tío abuelo en una región tabacalera en Santander del sur. Pero nunca fui asiduo. Y lo dejé.
Busqué otras formas de posar como poeta, de pasar como un poeta, de parecerme a uno de esos seres extraños. Pero fue en vano. Probé con un antiguo gabán verde a cuadros con solapa de peluche que mi padre ya no usaba desde los setenta, una bufanda negra que tejió con dedicación mi abuela, pantalón y camisa holgados de tono claro y botas de obrero, con suela y cordones amarillos y piel café, para solidarizarme con las voces de “La Obreríada” como lo cantaba Luis Vidales. Para 1986 no sabía aún que el poeta regordete del que hablo, llevaba por segundo apellido, el insigne Vidales.
En ese año, yo mismo me habría descartado como bachiller del San Bernardo De La Salle pues no logré aprobar nunca los temas de la matemática avanzada de los últimos años; ni la física, ni la química, aunque probé – según lo había leído en un poema nadaísta – estrellar mi cuaderno contra la pared, para ver si estallaba. Ya mi corazón se había enamorado de una niña igualita a Cindi Lauper, me había hecho adepto al ‘heavy metal’ y la música de los sesenta me recordaba de repente que yo había crecido oyendo a Jimi Hendrix cuando iba de visita a casa de mis tíos maternos, impenitentes hippies de la quinta dimensión.
Leía con furia a los poetas “De Piedra y Cielo” pero nunca hallé a ‘Teresa, en cuya frente el cielo empieza’, pero siempre supe que los lunes eran domingos disfrazados… versos simples y bellos que gozaba en esos días de solaz, al lado de la radio cultural. Un día vi cruzar a Jorge Rojas por entre el tráfico de la Jiménez, convertida en calle 13 abajo de la Caracas, muy cerca a la Estación de trenes de la Sabana y esa me pareció una sublime visión de quien ve que aún sus héroes están vivos y compiten entre el ruido ciudadano, fungiendo como carpinteros o emisarios de la nada.
A Carranza le vi también a prudente distancia, en el colegio, invitado por el hermano Abrahim, rector del claustro decimonono. La poesía me rodeaba por todas partes. Los muchachos de esa generación debieron convertirse todos en poetas, pero a cambio he sabido que han muerto asesinados, se metieron de narcos o tienen profesiones, hijos y un largo aburrimiento en sus caras de molestia con la vida.
Yo he hecho vida de poeta. Peor cosa no pude ser.
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